Aprendí que “involucrarme” con un sexfriend no es algo malo, como siempre creí.

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Me daba mucho miedo mostrar mi cuerpo, por lo tanto no era del tipo de los que tenía sexfriends o una vida sexual activa, esto era un problema para mí porque mis relaciones sexo afectivas eran tan esporádicas y efímeras como cualquier tuit y mucho menos hablar de mis relaciones amorosas por otra parte el tema del cuerpo siempre ha sido un punto fuerte porque si no te sientes “suficiente” con lo que tienes difícilmente logras concretar algún encuentro. Después de una relación fallida en la que fui humillado por el mismo tema del cuerpo con frases como “no cogemos  porque estás gordo, así no te conocí y el sexo es muy incomodo porque ya no te puedo cargar” fueron todavía más fuertes mis miedos para lograr tener una vida sexual plena, así fue como estuve un periodo de tiempo en abstinencia, sin embargo, tenía ganas de experimentar, de probar que podría gustarme o cuál sería mi posición favorita así que tuve que resolver eso a una manera de encuentro conmigo mismo, mucho de eso se lo debo a la terapia y a mi psicóloga, también, cuando llegué a platicar de mis inseguridades con un amigo me regaló una de las frases más bonita que he escuchado en mucho tiempo, “tu mayor complejo es el fetiche de alguien más” y con ese insight más el corazón sano empecé a construir mi seguridad a través de los hombres con los que me acostaba.

No fue un camino fácil, tuve muchos capítulos oscuros en los que no sabía qué pasaba, no entendía lo que mi cuerpo sentía más allá del placer momentáneo, ni siquiera sabía con exactitud qué era lo que me gustaba, rol, fetiches, gustos, colores, sabores y la vergüenza que siempre viene después de intimar con alguien porque no recuerdas su nombre cuando te lo acaba de decir hace menos de media hora en una aplicación a la que no le pusiste atención, parecía una ruleta rusa,  a veces me detenía, otras veces avanzaba más rápido y otras más lento, hasta que por fin conocí a Daniel, la primera vez que hablamos fue rápido, intercambiamos fotos por alguna aplicación de ligue, me gustó, le gusté, hubo preguntas de rutina y quedamos de vernos de inmediato. El primer encuentro fue muy bueno, hubo mucha química, hablamos poco pero nos entendimos, fue muy histriónico ese encuentro pero fue realmente bueno, en cuanto terminamos, me levanté para empezar a vestirme de repente solo sentí que me jalo del brazo, me acostó a su lado y me abrazó, así, sin hablar. 

Estaba muy acostumbrado a que cada que tenía algún encuentro, yo era el que iba a la casa de los hombres con los que intimaba, eso hacía más fácil el “trámite” de “ya terminé, ya me voy”. Así que actué de esa forma con Daniel, pero fue raro, solo me sentí cómodo. Rompí el hielo y comencé con las preguntas, -ojalá no se porte hostil-, pensé, pero todo fluyó, hablamos un rato y luego comenzó a hacer algo medio extraño, como un TOC, recoger cosas, ordenar, organizar o algo así, -¿dónde está el baño?-, por allá, respondió. Me levante, aproveché para vestirme y antes de que me detuviera simplemente le di un beso y me fuí. -Hay que vernos otra vez-, de acuerdo, respondí y me fuí. 

Honestamente y dada mi experiencia, creí que no lo volvería a ver, porque había estado teniendo solo actividad tipo one night stand en parte porque no quería involucrarme con nadie y también porque últimamente a pesar de que me aseguraba de aclarar mi intención por “solo sexo” me topaba con hombres que después del encuentro “querían algo más conmigo” y se me hacía algo nefasto hacer esa declaración después de una escena sexual acordada solo para eso, en fin. Pasaron dos o tres semanas cuando recibí un mensaje de Daniel, -tuve una semana horrible, ¿vienes?- me dijo. – Seguro, voy para allá- respondí. En menos de dos horas estaba desnudo en su cama platicando nuevamente sobre su vida, esta vez me daba un poco más de información, la cual solamente me entraba por un oído y me salía por otro, solo quería pasar un buen momento, sacar esta energía contenida y disfrutar la noche. Invente un pretexto y me fuí. No sé en qué momento pero intercambiamos números de télefono y comenzamos a hablar más que de solo sexo, nos empezamos a conocer, aunque siempre que salíamos o algo terminábamos en su cama desnudos me parecía un chico bastante agradable, cada vez me sentía más cómodo con él en el plano sexual. Poco a poco hasta me sentí con la libertad de experimentar, -hagamos esto, ahora probemos aquello, qué tal si lo hacemos así, me gusta de este lado, probemos drogas-, siempre había algo nuevo que descubrir y jamás nos aburríamos. 

Me sentía libre, verdaderamente libre, mientras tanto mi aprobación personal, sexual y emocional estaba llegando a lo más alto que podía haber imaginado, me amaba, amaba mi cuerpo, me sentía magnánimo, histriónico, fabuloso, también, me sentía muy orgulloso de mi porque no me estaba “involucrando” emocionalmente, ¡por fin!, después de tanto y tanto probar encontré alguien con quien relacionarme sexualmente sin todo el drama que involucra una relación amorosa. Así pasaron los meses y sin darme cuenta llevaba más de 1 año acostándome con el mismo hombre, me sentía tan seguro que había dejado mis otros encuentros porque los encuentros con Daniel cada vez se hacían más recurrentes, digamos que estaba satisfecho con eso. Pero no todo podía ser perfecto, tuvimos un par de descuidos no acordados, sí, sí, sexo sin protección. Ninguno de los dos habló de eso al respecto, por mi parte conozco el protocolo, además tengo mis dinamicas para revisiones, exámenes o lo que se derive de mis “descuidos”. Pero empecé a tener esa duda que, supongo, todos tienen cuando se relacionan sexualmente con la misma persona durante algún tiempo, -¿seré exclusivo, hay alguien más, somos libres?- en el sentido de eso, o sea, era importante saber. Así que creí prudente tener “la conversación”. 

Pasaron algunas semanas después de ese encuentro, semanas en las que no hablamos, fue como si el descuido se hubiera convertido en el peor error o alguna cosas así, de pronto una llamada, era él, fue muy extraño, hablamos de nada y quedamos de vernos, pero esta vez muy puntualmente me dijo -no quiero coger-. Pasé por él a su casa y solamente fuimos a recorrer la ciudad mientras charlabamos, al parecer quería desahogarse, como siempre solo me dedique a escuchar y de vez en cuando daba mi opinión o hacía alguna pregunta. Pasamos a cenar y terminamos en mi casa, seguíamos hablando hasta que llegamos al tema de las enfermedades, medio tocamos el tema del sexo sin protección pero nada profundo, descubrí que “éramos exclusivos” sí que me ví en la necesidad de darle una cátedra sobre vida sexual activa, cuidados y cosas de esas que se supone uno aprende en la secundaría. Poco a poco la plática se hacía más personal, hasta que lo dijo, simplemente aventó una pregunta -si estuvieras dando show en un lugar y tu novio llega con su ex, ¿te enojarias?- 

No me decepcione, no hice preguntas, no quise saber más, solamente respondí lo que se me preguntaba y afirmaba sobre esas respuestas cuál era mi opinión. Conforme avanzamos en la conversación solo pensaba en todas las pistas, las stories, los tuits, las fotos, ¡bingo!, ahí estaba todo, toda la información que necesitaba ahí estuvo todo el tiempo. Como siempre terminamos en la cama, pero yo sabía que esto había llegado a su límite, honestamente yo no quería estar con alguien bajo estas condiciones y de alguna manera sentía que me lo merecía porque nunca pregunté, nunca dije nada por mi afán de “no involucrarme”. Fue la última vez que nos vimos, fue la mejor, pero después de eso se terminó. 

Las relaciones sexo afectivas suelen ser tormentosas pero si nos esforzamos pueden ser un gran aliado en nuestro crecimiento personal, después de Daniel siguieron varios chicos con los que he entablado gran amistad, cambié mi percepción sobre el concepto de “involucrarme”, después de todo, qué más puede hacerte sentir involucrado que compartir tu cuerpo desnudo con alguien más para satisfacerle (te). 

A.

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